La jornada comenzó en la cafetería de Lozoyuela, donde algunos disfrutaron bollos con evidente placer mientras otros miraban con envidia, antes de iniciar una ruta en la que el grupo, animado y resistente, avanzó entre regueros, charcos y auténticos ríos formados por el agua y adornados por bostas de vaca, entregándose al chapoteo como niños y convirtiendo el recorrido en casi una experiencia naval; pese al frío y las dificultades, todos disfrutaron del espíritu aventurero del día, superando puertas y tramos complicados hasta terminar, como manda la tradición, con cervezas y torreznos en su bar habitual, agradeciendo a los organizadores una ruta tan húmeda como divertida.
- Parada: Bar Manolo
- Participantes: 8
- IBP: 49


- Pausa: 00:12
- Dificultad: 2/5
- Incidencias: agua
Los niños, la bici y el agua
Empezamos el día en la famosa cafetería de Lozoyuela desayunando a base de bollos para niños. Yo no pedí pero mientras observaba a mis compañeros desayunantes me dio un poco de envidia a tenor de las lágrimas disfrutonas que brotaban de sus ojitos. Otra vez será.
Empezamos la ruta bien nutridos unos y envidiosos otros pero todos pensando en cuantos sapos encontraríamos por el camino, a buen seguro plagado de líquido elemento a diestro y siniestro. Yo empecé yendo detrás de sendas RISE de Quique y Nico ¡qué cadencia de pedaleo! Me han traído gratos recuerdos de mi larga etapa «atmosférica». Estos compis son gente fuerte y animada porque a pesar de la progresiva inclinación negativa del terreno seguían dando conversación a otros colegas no tan «pulmonares», bueno… a todos menos a uno 😉
Pronto empezamos a pisar regueros y más regueros de agua, charcos ahora y luego ríos maravillosos de agua a veces limpia y otras con color, sabor y olor a vacuno. Las bostas de vaca y quizás de algún équido adornaban graciosamente a diestro y siniestro nuestro recorrido.
¿Frío? Bah!! somos valientes, incluso empapados ya.
En un momento dado decidí que era más entretenido el chapoteo que intentar sortear el agua ya terrenal y empecé incluso a buscar el encuentro, como un niño lo disfrutaba. El caso es que me percaté que mucho de mis compañeros también lo estaban haciendo y la navegación pasó ya a ser un tanto naval 🙂
Pasamos muchas puertas, alguna de ellas fluviales, hecho que le añadió cierta dificultad aunque a este grupo de máquinas del pedaleo no se le resiste ni un muro de piedras y a Quique aún menos.
En definitiva, lo hemos disfrutado como un niño con zapatos nuevos delante de un charco del descampado de su barrio.
Como no podía ser de otra manera terminamos con unas cerves y torreznos Lozoyuélicos en el bar de referencia y turno.
Gracias a los organizadores por esta ruta fantástica y húmeda como pocas han sido.
Fotos






